Una sola vida no me alcanzará para leer todo lo que quiero leer.

Visitando una popular librería ubicada en el corazón de la ciudad de México -aquella que popularizó los separadores amarillos- fue inevitable recordar tantos momentos con tan sólo subir las escaleras, oliendo ese tan distinguido aroma entre papel nuevo y plástico. Caminé entre los pasillos observando los rostros conocidos, célebres y algunos más populares de escritores e intelectuales que su acervo ofrece. Entonces me vino en gana escribir esta entrada, con especial dedicatoria para todos esos libros que me prometo comprar y al salir del lugar, simplemente olvido.

Hace ya un tiempo tuve una conversación con un amigo, donde nuestro tema se centraba en la masificación de mercadotecnia para comercializar basura, además de las modas o tendencias para comprar todo lo anteriormente mencionando. La muestra arroja que ocho de cada diez personas compran en las librerías porque les recomendaron tal o cual libro y/o porque es lo más vendido.

Pienso que ya que la función de una escuela es educar e ilustrar las mentes de los estudiantes, existen lecturas que deberían ser obligatorias por el simple hecho de la grandeza literaria, cultura y conocimiento que estas tienen. Él dice que comprar en esas librerías -las del líder religioso- es llamar la atención, como decirle al mundo: mírame, acabo de comprar un libro y soy interesante porque leo.
Yo no estoy del todo de acuerdo con su punto, pues lo que también es verdad es que las grandes editoriales monopolizan el mercado, (excluyendo muchas obras de calidad y trivializando otros tantos). Pero tocar este tema es una irrefutable fantasía que se yuxtapone con la realidad, ¡vamos! comenzando por los maestros (no generalizo). Hace unos días vi una nota que refleja la triste realidad. Hay diez bares por cada biblioteca.

Aunado a esto, la tendencia de la sociedad por segmentar con expresiones como: intelectualoide o pseudointelectual. Dícese que los que no han terminado un sólo libro pero gustan en compartir citas literarias en su red social.

¿Y los librepensadores, dónde están, dónde se esconden? Es una tontería tratar de encontrarlos únicamente en bibliotecas, pueden estar en frente de uno, haciendo sus compras o caminando por el parque, o en el metro o esperando a cruzar la calle. Muchos no lo sabrán porque es políticamente incorrecto hablar con desconocidos. Un hecho irrefutable es que, una sola vida no me alcanzará para leer todo lo que quiero leer.

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